¿Elegimos inconscientemente pareja para aprender?

La idea de crecer a través de las experiencias y consejos de los demás no es nueva. Siempre ha habido y habrá “guías” que nos allanan el camino. Puede ser un psicólogo, un filósofo, un amigo o los padres. Sin embargo, pocos se plantean la posibilidad de que esa persona que con la que crecer sea la pareja. Sí que vemos nuestro desarrollo gracias a las circunstancias que la vida nos pone en el camino, por nuestra propia maduración. De lo que no nos damos cuenta es de que en numerosas ocasiones, una relación amorosa puede resultar una importante vía de aprendizaje para ambas partes.

El proceso empieza en el momento en el que conocemos a alguien que nos atrae. Intentamos, al principio, que todo fluya muy bien, esto es, nos adaptamos, ponemos nuestra mejor imagen, discutimos menos, tratamos de ser menos polémicos en las conversaciones que mantenemos para resultar más atractivos y empezar a ser queridos por esa persona. Ofrecemos siempre nuestra mejor cara, diluyendo inconscientemente nuestros defectos y potenciando las virtudes que consideramos que pueden hacernos más atractivos para él o para ella.

Según la relación se va afianzando y hay una mayor confianza en los sentimientos de la otra parte hacia nosotros y viceversa, empieza a aflorar nuestra personalidad al completo. También esas vertientes que hasta ahora no hemos dejado ver. No lo hacemos por maldad o de forma calculada, sino que, en el momento inicial, vamos con la mirada de la inocencia, sin prejuicios. En el fondo, queremos ser queridos, igual que el niño que oculta que ha roto algo con el consabido “yo no he sido” para que no le riñan. En la pareja pasaría igual; si yo oculto mi defecto, me van a querer más.

En este punto, hemos de ser conscientes de que si alguien nos ha llamado la atención y entra en nuestras vidas, es por alguna razón que deberemos descubrir. Hemos de entender qué es lo que nos atrae y por qué, qué es lo que tenemos que aprender del otro, cuál es el camino que debemos seguir ambos para lograr dicho aprendizaje.

Pasamos de ser seres individuales, a enriquecernos por ese intercambio de información que realizamos constantemente desde el periodo de seducción, en el que nos transformamos; hasta ir más allá y buscar el mantenimiento de la estima, del amor, de la relación; pasando por el desenmascaramiento, donde sacamos el lado oscuro de la personalidad.

Hemos de darnos cuenta de que estos pasos nos los está estimulando el otro, que consigue que saquemos nuestras virtudes y defectos. De los últimos, tenemos algo que aprender, significa que hemos de solucionar determinados aspectos de nuestra vida. A veces es un ejemplo del propio entorno familiar o social, y lo intentamos arreglar a través de la pareja.

Por ejemplo, cuando los hijos de bebedores conocen a alguien que bebe, no lo encuentran un defecto porque lo han visto en su casa, y disculpan a su padre o a su familiar por medio del compañero: “no es tan malo que beba porque lo hacía mi madre, lo hacía mi hermano, lo hacía …”. O las personas infieles. Si la otra parte ha vivido en su entorno familiar una situación semejante, piensan que es lo natural, lo ven como algo aceptable y perdonan más fácilmente que si en su vida no hubiera existido una infidelidad.

Un problema añadido a esa transformación para adaptarnos al otro es cómo impedimos que se pierda nuestra personalidad. A veces en pareja, de tanto ceder para ser queridos, nos anulamos por no discutir, porque pensamos, en muchos casos que eso significaría perder a esa persona. Pero, en ese preciso momento, debemos ser conscientes de que nos hemos extinguido. Es el punto en el que suelen abandonarnos. Por lo tanto, es un gran error ir renunciando a nuestra personalidad, a nuestras ideas y a nuestros criterios para no tener un problema, porque llega un momento en que, una vez anulado, ya no tenemos nada que ofrecer a la otra parte.

 Una cosa es anularnos como personas y otra muy distinta es adoptar una serie de roles. En realidad, siempre estamos representando uno. En nuestra familia, somos padres, tíos, primos o somos el hijo de un padre agresivo. En nuestra vida, el amigo, el compañero en la empresa, el trabajador, el jefe, el que está buscando empleo o somos el emprendedor. Nos estamos adaptando al entorno.

En definitiva, ya que hemos de aprender de nuestra pareja, que tenemos que evitar perder nuestra personalidad con tal de amoldarnos a ella a base de ceder constantemente, que estamos representando diferentes papeles de forma continua, es el momento de averiguar cómo lo hacemos, cómo aprendemos en y de nuestra pareja, cómo evitamos anularnos, cómo sabemos quiénes somos. Y cómo todo ello puede ser o no una fuente de estrés, según lo trabajemos. Existen varias herramientas: desarrollar el maestro interior, conocer que la realidad es relativa y reflexionar sobre nuestros roles. Lo iremos viendo en sucesivas entradas.

Ahora me gustaría conocer vuestra opinión, ¿pensáis que vuestra pareja es la mejor compañía para sacar vuestro maestro interior? ¿Se os había ocurrido que podría ser una perfecta fuente de aprendizaje sobre vosotros mismos?

 

Concha de la Torre
Psicóloga Clínica
Creadora y directora del programa DIESTRES

Un comentario

  • Paloma

    Me ha encantado Concha. Yo sí lo había pensado ya que creo que todos los que están a nuestro alrededor nos ayudan a sacar lo mejor o peor de nosotros, pero creo que está muy bien explicado y es un artículo que invita a la reflexión.

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